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Al mediodía alegría y vermú

El vermú no estaba muerto, estaba cogiendo fuerzas para convertirse en la costumbre favorita de los milenials

“Mi reino por un vermú” esta frase corresponde a la película argentina ‘Esperando la carroza’ de Alejandro Doria. Así que, sí, el vermú convive en distintos puntos del planeta fuera de nuestras fronteras.

Hay que remontarse a la época griega para conocer su origen. Así que, sí, es un invento de lo más viejuno que ha sabido reinventarse de forma extraordinaria a pesar de que ha encontrado un férreo rival en el brunch dentro de la categoría gastronómica Ante Meridiem.

Mentiríamos si negásemos que el look and feel de un açai bowl o un baggle adornado con flores comestibles no derrite las papilas gustativas. Vale que gana de largo en presencia al vermú, sin embargo, el argumento definitivo para abrazar este último es poderosa. El vermú no es una experiencia gastronómica, más bien, es un estado de ánimo.

El vermú es ese punto del camino que se bifurca en dos senderos. De las olivas, las patatas bravas, los vinagrillos y las latas de escabeche puedes pasar a la mesa o a la barra. Porque la condición sine qua non del vermú es el propio vermú.

PARA GUSTOS, COLORES

La oferta vermutera es abultada. Negro, rojo y blanco. El más oscuro marida a la perfección con las conservas de pescado y marisco como las anchoas, boquerones, pulpo o bonito en escabeche. El blanco es para los acompañamientos sencillos que se sirven en su propio jugo o al natural. Y el más conocido, el rojo que alcanza su plenitud como producto acompañado de una espiral de piel de naranja o pomelo.

Por cierto, que a la fiesta de latas y aceitunas es de mala educación no sumarle unas patatas fritas con salsa –por ejemplo- Espinaler.

A diferencia del brunch, el vermú es una declaración de intenciones pues no se concibe como una comida, sino que actúa como antesala de aquello que vendrá.


QUEDARSE DE VERMÚDEZ

Domingo por la mañana y el sol brilla por su ausencia. Tu estómago no entiende de meteorología y ruje como los truenos que suenan allí afuera. No te preocupes, hacerse el vermú en casa es posible.

Para los Juan Palomo de la sala, atentos porque existe una versión DIY vermutera de la mano de La Massala que ofrece en su página web el kit ‘Haz tu propio vermut”. Por 27,50 euros tendrás todo lo necesario para fabricar el licor de licores.

Puedes arriesgarte o ser previsora y aprovisionar el mueble-bar como el dios Baco manda con marcas de sobresaliente como la aragonesa Turmeón, las tradicionales Morro Fi y Casa Mariol o las vistosas El Bandarra y Verano del 82.

A pie de calle te proponemos probar –poco a poco– los que te listamos a continuación.

1. BODEGA LA ARDOSA

El vórtice entre el cielo y la tierra. No te espantes por el olor a licor que impregna la antesala porque ahí dentro la melosidad alcanza cuotas celestiales en forma de tortilla. Acompáñala con unas ortiguillas y sentirás cómo tus pies se elevan del suelo.

2. CASA CAMACHO

Entrar es un reto en sí mismo. Siempre hasta la bandera no es buen sitio para comer, aunque resulta perfecto para hidratar el estómago. Irás por el vermú y te quedarás por los yayos.

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